domingo, 13 de octubre de 2019

Artículo periodístico

Macri, el cerdito “Práctico”

Hay una sacrificada mamá que debe criar sola a sus hijos. Su compañero la abandonó y ahora ella vive agobiada por su apretada situación económica en una casa alquilada, sus chicos ya no reciben  regalos y ella a penas duerme porque trabaja todo el día y luego vuelve a su hogar para seguir cocinando, limpiando y haciendo los deberes de la escuela.

Hoy sus hijos se han reunido para pedirle algo: quieren irse a vivir con su padre porque con él “estaban mejor”, le dicen. 

Cómo explicarles que su  padre gastó todos los ahorros para darles aquella vida. Y que cuando los ahorros se terminaron vendió el auto para poder seguir gastando. Y que al final se fue, llevándose el dinero que ella había juntado para la máquina de coser...? Esa mamá llora de impotencia.

Es el caso de una típica paradoja. Una situación que aparenta ser una cosa, pero que es en verdad otra. Y tiene que ver con lo que ahora vivimos muchos argentinos, es decir, cómo explicar clara y simplemente que la difícil situación económica actual es el resultado de años y años de improvisación y populismo durante los cuales, a veces “estuvimos mejor” (y otras peor).

Los cuentos infantiles se usaron justamente para esto, para explicar ciertas paradojas. El cuento que mejor corresponde a nuestro caso es, creo, el de los tres cerditos. El más previsor, (“Práctico”, lo llamó Walt Disney) construyó con esfuerzo y sacrificio su casa “de ladrillos” y pudo así salvarse y salvar a sus hermanos del lobo... 

El kirchnerismo cobró las enormes rentas en dólares de unas exportaciones que eran altas en valor (por el inesperado precio internacional de la soja en aquellos tiempos) y también en cantidad (gracias a las inversiones que había realizado el campo durante los años del menemismo). Pero, como aquel padre irresponsable, las malgastó en un nivel de consumo que, como quedó demostrado, no se podía sostener.

Qué hubiera significado por entonces “construir la casa de ladrillos”? Quizá algo simple: usar el superávit fiscal que nos dejó la crisis del dos mil uno para comprar esos dólares de la exportación y guardarlos en el Banco Central. Quizá mantener tarifas razonables en los servicios públicos, para preservar  ese superávit fiscal y poder seguir llenando la alcancía del Banco Central. Nos hubiéramos evitado la inflación y los años de recesión que vinieron después. También nos hubiéramos evitado esta crisis final con la que lucha el gobierno actual que, todos en el fondo del alma sabemos, debió haberle explotado al gobierno anterior. Hubiéramos entrado en un camino de crecimiento mas lento pero sostenido. Habría ahora trabajo para todos. Unico camino para salir de la pobreza.

 Pero lo que hubiera resultado “Práctico” no se hizo, y más útil es preguntarse ahora qué sería HOY construir “la casa de ladrillos”. 

Esta administración, de una u otra forma, ha logrado recomponer aquellos dos pilares del  crecimiento que se despilfarraron: volvemos a tener superávit fiscal y superávit  externo. Son cimientos construidos con esfuerzo y sacrificio. Pero son cemento puro. Que no se ve, pero que ahí está. Y que permitirá seguir construyendo sobre seguro. Y vivir en paz.

Como no podría ser de otro modo, la economía de los países se parece mucho a la de las personas . Todos sabemos que para mejorar debemos ser cautos y sacrificados. Ahorrar,  en lo  posible, para luego, con mucha prudencia invertir. Y los préstamos no son en sí mismos ni buenos ni malos. Todo depende del uso que se les dé.

Juan Carlos Aulmann
Economista







Artículo periodístico

NO ES “MAGIA”, ES “MILAGRO”

El llamado “milagro económico alemán” no solamente constituye uno de los mejores ejemplos de un impresionante proceso de crecimiento sostenido, capaz de levantar en poco tiempo un país arrasado por la decadencia económica y la pérdida de una guerra, es también quizá la mayor y más clara derrota sufrida por los sistemas de base estatal-socialista durante el siglo xx. 

Echa, además, mucha luz sobre los sucesivos fracasos de la Argentina a la hora de tratar de solucionar su principal problema: la pobreza. Y también sobre este dilema actual “estado o mercado”, aún pendiente de decisión en nuestra sociedad.

Poco tiempo después de su nacimiento como nación, se produjo en Alemania un gran debate sobre una cuestión clave: socialismo o libertad de mercado. Esta polémica, llamada “discusión de los métodos”, fue ganada por los que sostenían que el capitalismo, tan exitoso en Inglaterra en esos tiempos, no daría, por cuestiones culturales, el mismo resultado en la nueva nación germana. El país entonces se inclinó al estatismo y se debatió en la pobreza durante décadas. Esta pobreza se vió agravada hasta extremos increíbles por la pérdida sucesiva de dos guerras y la crisis de 1930, hasta que un día de mayo de 1948, un cambio radical en su sistema económico lo convirtió en el rico país capitalista que hoy conocemos. 

¿Cómo ocurrió eso?

Cuatro años después del final de la segunda guerra la situación en la llamada Alemania “Occidental” era desesperante: profunda recesión, hiperinflación, carencia de capital físico y aún de mano de obra, millones de niños sin padres, la infraestructura destruída... En ese momento se nombra ministro de economía a Ludwig Erhard, un discípulo del austríaco Friedrich Von Hayeck, paradigma de la ortodoxia liberal en el mundo. El hombre se dirige por radio a la población aquel domingo a la noche para anunciarles, en esencia, dos medidas muy simples. Primero, se dejaba de imprimir moneda y se prohibía a todos los organismos del estado tener déficit. O sea, esto que ahora se suele llamar “ajuste”. Segundo, tan importante como lo primero, quedaban derogadas todas las regulaciones proteccionistas que afectaban la producción. 

El efecto de estos cambios fue casi inmediato: en pocas semanas las góndolas de los comercios, casi vacías, comenzaron a poblarse y la actividad inició un proceso de crecimiento del ocho por ciento promedio anual que duró más de diez años. El plan fue apodado “la hoguera de los controles”.

Queda para el  estudio un caso que para la ciencia económica resulta casi “de laboratorio”: el mismo pueblo, la misma cultura, han resultado ganadores o perdedores según sea el sistema económico elegido. Desciendo de alemanes y escuché más de una vez a mi padre comentar con orgullo este famoso “milagro”, que él atribuía a la capacidad y al esfuerzo. La historia, sin embargo, enseña otra cosa.

Hay otro ángulo que resulta muy útil, para nosotros los argentinos, analizar:

El cambio radical levantó, como era de esperarse, una ola de protestas encabezada por los sindicatos, pero fue inútil ante la velocidad de los resultados. Años después, en un reportaje concedido por el mismo Ludwig Erhard al periodista Günter Gaus, el ministro llama la atención sobre una tercera “pata” del plan que resultó determinante: el apoyo brindado por el General Lucius Clay, jefe del ejército americano que aún se hallaba estacionado en Alemania, que era en ese momento el verdadero poder político. El mundo comprendió rápidamente que el giro económico estaba firme. Las famosas “expectativas” precipitaron entonces el fenómeno.


En el caso argentino, en cambio, al no haber una definición clara respecto del sistema económico que finalmente prevalecerá, las expectativas juegan en contra de los intentos de aprovechar estas enseñanzas.